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URBANIZACIONES CERRADAS - El derrumbe de un paradigma

URBANIZACIONES CERRADAS - El derrumbe de un paradigma

Si bien el "fenómeno Country" tuvo su máxima expresión en la década de los 90, los más antiguos se remontan a los años veinte y treinta.


Los primeros, exclusivos, ligados al polo, al golf y a actividades sociales de fines de semana. Los contemporáneos, "populares", de clase media / media - alta, devenidos en vivienda permanente. Los hay con importantes áreas verdes y amenities, y sin ellos.

Algunos se aglutinan formando verdaderas ciudades con colegios, shoppings y centros de salud. Se les da el nombre de country club, club de campo, barrio privado, chacra, etc., conforme la Ley de Propiedad Horizontal Nº 13.512 y otras normas; pero a pesar de esta aparente multiplicidad, todos ellos tienen fundamentos comunes: seguridad y prestigio, o al menos ese ha sido argumento de venta y excusa de compra.

Un lugar privilegiado…”, “Una nueva alternativa de vida”, “Porque cumplimos sueños…”, son algunos de los eslóganes que, nos gustan oír. Sin embargo, hace falta algo más que bonitas frases publicitarias para generar seguridad.
Para conseguir ese objetivo, es necesario invertir… en compromiso y solidaridad. Compromiso para asumir el rol que le corresponda en un esquema netamente interdependiente y solidaridad para no interferir en los resultados buscados por los demás. Sin lugar a dudas, los residente son los responsables primarios de sus bienes, de su familia, de sus invitados y empleados; y la permanente resistencia a asumir esa responsabilidad indelegable, alimenta un paradigma derrumbado por completo en 2007, cuando la modalidad de robo/hurto a casas deshabitadas dio paso al asalto a casas habitadas.

Sucede que “
los malos” se dieron cuenta que, ya sea por desconfianza en el sistema financiero o evasión, en las unidades funcionales (UF) HAY CASH. Y por si esto fuera poco, en un barrio de – digamos - cuatrocientas UF, ingresan – en promedio - entre 1.200 y 1.600 empleados de servicios; más una cifra similar de residentes, propietarios e inquilinos. Alrededor de 3.000 personas ingresando y egresando, en más de una oportunidad al día, y desplazándose por el interior.

Si a estas condiciones, le sumamos grandes superficies y perímetros, por lo general, custodiadas por un par de hombres; parecerían razones suficientes para, al menos, “echar llave” cuando baja el sol. Tampoco se puede alegar sorpresa o desconocimiento, ya que la prensa los vapulea, casi más que la propia delincuencia.

Entonces, ¿qué extraña lógica lleva a los habitantes de esas urbanizaciones a insistir en lo que la mente colectiva dice acerca de esa supuesta “vida relajada”?. ¿Acaso, se trata de una actitud victimista?. ¿Será que el otro - llámese empresa de seguridad, gerencia o comisión directiva, o tal vez todos ellos – sean los responsables de lo que les ocurre?. ¿Será que, con ese “conveniente” método, consigan que se los compensen por el daño?. Si esa es la razón, tratándose de bienes materiales, puede ser que funcione y hasta obtengan un LED en lugar del “antiguo” LCD; pero, CUIDADO… tratándose de vidas, NO APLICA. Esa actitud, puede generar un bálsamo transitorio; pero seguirá sometiéndolos indefinidamente a los mismos riesgos. ¿Por qué, entonces, interponer tantos conflictos a un deseo real?. ¿Por qué, no asumir – de una vez por todas - las vulnerabilidades y comenzar a cuidarse y a cuidar de los suyos?. ¿Por qué no comenzar a trabajar sobre la oportunidad, en lugar de hacerlo sobe el ladrón, que es más caro e improductivo?. Cuando eso suceda; cuando el nivel de conciencia promueva el cambio de paradigma, estos grandes conglomerados de individuos habrán de convertirse en comunidades seguras.

Jorge D. Jordá
Director
Planeamiento y Comercialización